
Bloques en tonos taupe, marrón, crema y gris se apilan como las fachadas de un barrio visto a la hora en que todos duermen. Un acento naranja — una ventana aún encendida —, una mancha negra y unas rayas marinas puntúan el conjunto como los únicos signos de vida en una calle silenciosa. La obra habita ese intermedio: la ciudad que descansa y que sin embargo respira.