
Una figura se perfila por acumulación: una corona rosa y verde, cabellera azul festoneada, un ojo rojo vivo y un busto terracota adornado con una hoja amarilla. Una dama, a la vez solemne y traviesa, que posa para un retrato imaginario. La ternura del gesto disuelve toda solemnidad, y bajo la corona se adivina una sonrisa que no se ve.